Comunidades energéticas: una herramienta local contra la pobreza energética

La pobreza energética aparece cuando un hogar no puede acceder a los servicios energéticos necesarios para mantener unas condiciones de vida dignas. No se limita a tener dificultades para pagar la luz. También puede traducirse en pasar frío durante el invierno, soportar temperaturas excesivas en verano o reducir el uso de aparatos esenciales.

Las comunidades energéticas ofrecen una vía para afrontar parte de este problema desde el ámbito local. Permiten producir, compartir y gestionar energía renovable de manera colectiva. Además, pueden incorporar medidas de eficiencia, asesoramiento energético y apoyo específico para los hogares vulnerables.

Principales causas de la pobreza energética

Normalmente, la situación surge por la combinación de varios elementos:

  • Ingresos insuficientes para cubrir todos los gastos básicos.
  • Precios energéticos elevados o poco predecibles.
  • Viviendas mal aisladas, con ventanas antiguas o sistemas de climatización ineficientes.
  • Equipos domésticos de alto consumo o en mal estado.
  • Falta de información sobre tarifas, ayudas y hábitos de ahorro.
  • Necesidades especiales de consumo, como las vinculadas a la edad, la salud o la presencia continua en la vivienda.

Por este motivo, dos hogares con los mismos ingresos pueden encontrarse en situaciones muy diferentes. Una vivienda bien aislada necesita menos energía que otra con humedades, filtraciones o cerramientos deficientes.

¿Cómo pueden las comunidades energéticas reducir la pobreza energética?

Una comunidad energética bien diseñada puede actuar sobre varias causas del problema. No sustituye a las políticas sociales, pero puede complementarlas y ofrecer soluciones duraderas.

1. Reducen la cantidad de energía comprada a la red

Cuando una instalación renovable produce electricidad, esa energía se reparte entre los consumidores asociados. Cada participante reduce así parte de la electricidad que debe comprar a su comercializadora.

El ahorro depende de distintos factores:

  • La producción de la instalación.
  • El reparto asignado a cada vivienda.
  • Los horarios de consumo.
  • El precio contratado.
  • La potencia y los costes fijos.
  • La compensación de los posibles excedentes.

Por tanto, no existe un porcentaje de ahorro válido para todos los proyectos. Antes de realizar promesas, es necesario elaborar una simulación con consumos reales.

2. Facilitan el acceso a hogares sin capacidad de inversión

Uno de los mayores obstáculos del autoconsumo individual es el desembolso inicial. Muchas familias vulnerables no pueden financiar una instalación, aunque esta pudiera reducir su gasto futuro.

Una comunidad energética puede eliminar esa barrera mediante diferentes fórmulas. El ayuntamiento puede aportar una cubierta, buscar financiación o reservar parte de la generación para hogares vulnerables.

También pueden establecerse cuotas reducidas, participación sin aportación inicial o fondos solidarios. Otra posibilidad es recurrir a financiación externa y recuperar la inversión progresivamente.

La Comisión Europea recomienda crear modelos accesibles para inquilinos, hogares con rentas bajas y residentes en viviendas sociales. También propone opciones sin coste inicial y canales de inscripción no exclusivamente digitales.

3. Mejoran la gestión de la demanda energética

La gestión de la demanda energética consiste en organizar o desplazar determinados consumos para utilizar la energía de manera más eficiente.

Una instalación fotovoltaica produce principalmente durante las horas centrales del día. Si una familia concentra en ese periodo algunos usos, puede aprovechar mejor la energía compartida.

Por ejemplo, puede programar durante esas horas:

  • La lavadora o el lavavajillas.
  • El calentamiento de agua.
  • La carga de un vehículo eléctrico.
  • Determinados sistemas de climatización.
  • Equipos municipales o comerciales flexibles.

Esto no significa limitar las necesidades básicas. La finalidad es organizar los consumos que pueden desplazarse sin perjudicar el bienestar.

Para ello, la comunidad puede ofrecer aplicaciones sencillas, avisos o informes periódicos. También debe mantener atención presencial o telefónica para evitar la exclusión digital.

4. Acercan el asesoramiento energético

Muchas personas no saben si su potencia contratada es adecuada. Tampoco conocen todas las ayudas disponibles o tienen dificultades para comprender su factura.

La comunidad energética puede disponer de un punto de asesoramiento que ayude a:

    • Revisar contratos y potencias.
    • Explicar los conceptos de la factura.
    • Informar sobre ayudas y protección social.
    • Detectar consumos anómalos.
    • Solicitar actuaciones de rehabilitación.
    • Mejorar los hábitos de consumo.
    • Tramitar incidencias relacionadas con el proyecto.

La gestión de la energía se convierte así en un servicio cercano. Este acompañamiento es especialmente importante para personas mayores o con menos competencias digitales.

5. Mantienen parte del valor económico en el territorio

Las comunidades energéticas pueden contratar empresas instaladoras, mantenedores y profesionales de la zona. También pueden reinvertir sus excedentes económicos en nuevas actuaciones sociales o ambientales.

Por ejemplo, una comunidad puede destinar parte de sus recursos a mejorar viviendas vulnerables, ampliar la instalación o crear un fondo para situaciones sobrevenidas.

De esta manera, el proyecto no solo reduce costes energéticos. También puede reforzar la economía local y la colaboración entre vecinos, empresas y administraciones.

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Fuente: Creación propia

El papel de los ayuntamientos frente a la pobreza energética

El papel de los ayuntamientos frente a la pobreza energética

Los ayuntamientos tienen una posición privilegiada para promover comunidades energéticas. Conocen el territorio, disponen de equipamientos públicos y mantienen una relación directa con la ciudadanía.

Una entidad local puede:

  • Ceder o poner a disposición cubiertas municipales.
  • Participar como miembro de la comunidad.
  • Coordinar las áreas de energía, vivienda y servicios sociales.
  • Facilitar espacios para reuniones y atención.
  • Impulsar campañas informativas.
  • Buscar financiación.
  • Incorporar criterios sociales al proyecto.
  • Crear oficinas o puntos de asesoramiento energético.

El marco español reconoce expresamente la participación de las autoridades locales en las comunidades de energías renovables. También establece que su acceso debe facilitarse a los hogares con bajos ingresos o en situación de vulnerabilidad.

Además, desde marzo de 2026 determinadas instalaciones fotovoltaicas o eólicas, con una potencia de hasta 5 MW, pueden asociarse a consumidores situados a menos de cinco kilómetros. Esta ampliación puede facilitar proyectos que utilicen grandes cubiertas municipales, siempre que se cumplan las condiciones técnicas y normativas.

Mitos sobre las comunidades energéticas

Mito Realidad
“Las placas solares eliminan por completo la factura”.
No es lo habitual. Continuarán existiendo consumos de la red, costes fijos, impuestos y otros conceptos. La finalidad es reducir y estabilizar parte del gasto.
“Solo pueden participar propietarios”.
No necesariamente. Una persona inquilina puede participar si el modelo, el punto de suministro y las normas de la comunidad lo permiten.
“Una comunidad energética sustituye al bono social”.
No. El bono social eléctrico es un mecanismo específico de apoyo a los consumidores vulnerables. Las comunidades energéticas pueden complementarlo, pero no sustituirlo.
“Todas las personas reciben el mismo ahorro”.
No siempre. Los resultados dependen del consumo individual, los horarios y el coeficiente de reparto asignado.
“Generar energía renovable basta para acabar con la pobreza energética”.
No. También son necesarias políticas de renta, protección del suministro, rehabilitación, asesoramiento y acceso a una vivienda eficiente.

Conclusión: energía compartida para no dejar a nadie atrás

Las comunidades energéticas pueden convertirse en una herramienta eficaz contra la pobreza energética. Permiten compartir energía renovable, mejorar la gestión de la demanda energética y acercar el asesoramiento a la ciudadanía.

Su verdadero potencial aparece cuando incorporan medidas de inclusión. La participación sin grandes desembolsos, el acompañamiento y la rehabilitación son elementos decisivos.

No obstante, estas iniciativas no sustituyen las políticas sociales ni la protección de los consumidores. Deben integrarse en una estrategia más amplia, coordinada con vivienda, servicios sociales y planificación municipal.

Reducir la pobreza energética exige actuar sobre las facturas, pero también sobre las viviendas, los ingresos y el acceso a la información. Una comunidad energética bien diseñada puede unir todas estas piezas desde el ámbito local.

Ahora que conoces sus posibilidades, comparte este artículo con aquellas personas o entidades interesadas en impulsar una transición energética más justa.

Preguntas frecuentes

¿Seguiré recibiendo una factura de electricidad?

Sí. La persona participante mantiene su contrato de suministro. La energía compartida reduce la cantidad de electricidad comprada a la red, pero no elimina necesariamente todos los conceptos.

¿Necesito tener paneles en mi edificio?

No. La instalación puede encontrarse en otro inmueble compatible, como un colegio, un polideportivo, una nave o un edificio residencial próximo.

¿Las comunidades energéticas ayudan durante el verano?

Sí, especialmente cuando la producción solar coincide con las necesidades de refrigeración. Sin embargo, también es necesario mejorar el aislamiento y la eficiencia de los equipos.

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